lunes, 22 de septiembre de 2008

Glotonería



A veces me paralizo, se paralizan las palabras y desechas comienzan a gotear letras verdes de mi mano izquierda, caen, un tras otra y rebotan sobre la mesa, o me meten en el la taza de té de jazmín y me salpican el ojo. Cuando mi mano comienza a gotear en un café, en el tren u otros espacios donde hay gente alrededor, me pongo muy nerviosa y con mi derecha intento, infructuosamente, agarrar las letras caídas en el aire y comérmelas rápido, evitando que golpeen a los pasajeros de al lado o se mezclen entre las letras del diario del señor que se sienta en la mesa de enfrente.
El otro día en un restaurante, mi mano comenzó a llorar unas letritas muy pequeñas y rápidas que no me daban tiempo de agarrarlas, se escapaban entre los dedos y yo apurada trataba de tragarlas, pare evitar el escándalo. Las personas a mis costados miraban extrañados. Martín que entiende bastante de estas cosas, porque durante las tardes me sirve té de flores y olores extraños mientras escribo, me grito desde el mostrador y yo me sentí más avergonzada

- "piba ponerte babero que te estas manchando todo de letras cursivas!

Y mientras él reía de mi glotonería discursiva, las cursivas se escapaban de mi boca como tallarines infinitos y me manchaban la ropa, la mesa y la libreta violeta. mi cara roja de vergüenzas y espontaneidades, se ocultaba atrás de la columna para evitar la evidencia.
Por suerte, Martín, que tambien come letras a veces y por eso entiende cuando me pasan esas cosas, me alcanzo un vaso de agua con limón, una servilleta grande y una birome nueva para ordenar las ideas y compartirlas mas tarde.
El señor del diario se tranquilizo después de eso por que esta vez no le salpique ningún discurso, Martín mientras, preparó otro té, esta vez con un poco de menta.

domingo, 14 de septiembre de 2008

De cómo conocí a aquel niño punk…

A mi niño punk, al que me gusta tomar de la mano y mirarle esos ojitos escapistas que, en su bella ternura, no dejan nunca de preguntar. Quiero tu mirada. Te doy la mía, te la entrego, te la expongo. Lo que ves, es simplemente mi rostro

El humo dulce rodeaba nuestros cuerpos, silbaba sin saber hacia donde íbamos. Me encontraba allí, en medio de algo que no me daba cuenta hasta que ya no estaba. Luego, la desesperación, la sensación de falta, de volver el tiempo atrás. Ya no estabas. Por suerte, el alcohol de la festiva diversidad de mercado me ayudo a matar el tiempo.

El fin de la música, la ciudad amanecida y las caras de pánico del vampirismo que no quiere mostrarse daban lugar nuevamente a la falta. A partir de ese momento era esa la sensación que intermitentemente iba a hacer su aparición, volverse carne en un cuerpo que desde niño había olvidado dejar afectarse.

Una imagen en la virtualidad. Aunque efímera, tu presencia ya me llenaba de gracia, el domingo ya no era domingo y la angustiante espera se había transformado en productividad poietica. Momento extraño para ambos: uno haciendo esfuerzos extremos por mutar, por vencer las malditas trabas subjetivas que paralizan; el otro, en pleno duelo, el escudo académico lo estaba dejando, ¿o era él mismo el que sentía que ya era tiempo, que ya no necesitaba ocultarse en la fastamagórica figura de la fortaleza activa? El fabuloso niño superyoico se había dormido un instante. Ya no definía. No debía. No decía. No nombraba. El lenguaje lavado y “claro” daba lugar a la afección. Los devenires se habían carnificado, montados en cada partícula con el único objetivo de exponer la ansiada debilidad. No lo sabía, pero al conocer la experiencia de dejarse penetrar/percibir/conducir ya no volvería a ser el mismo.

Todo parecía ir bien, salvo por la contradictoria sensación de vacío constante ante la aparición de un cuerpo, afecto deleuziano, que se desnudaba como nunca antes lo había hecho. De repente, una voz: “No quiero sexo”. El silencio que siguió pareció interminable, algo había (debia) qué decir. Todo frenó de golpe la incansable búsqueda por reconocerse en un espacio hasta hora inhabitado por ese cuerpo. Los fantasmas regresaron por instantes eternos, la mirada del OTRO se introyectó e invadió hasta difuminar los poiéticos deseos. Los devenires garrapatas dejaban atrás el flujo constante y el dedo modulatorio de la virtualidad que nombra y muestra tocó la cabeza del niño dormido. Nombrar/definir/decir/identificar/clasificar. El niño despertó y volvió a demandar culpa.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Lo que no viene en la sangre. (Una de Javo)

Debería haber leído mas, estudiado mas, haber escuchado mas música hacer mas deportes, ser responsable, bueno, educado, culto, integro, intelectual, estéticamente moderno, inteligente, seductor, triunfador y afectivo. Pero soñador empedernido, olvidadizo de aquellas cosas que duelen recordar, desprolijo, estudiante, laburante proletario con aire de burgués, directo y distraído.
Porque la carga es muy pesada es que no llego, quiero creer que es difícil para no sentirme incapaz, para no lastimarme. El que no me deja fallar ni en las cosas mas simples, yo, mi súper yo y ello.
Como explicar esa sombra que te persigue a todos lados aunque no haya luz, más de una vez me hizo sentir paranoico, raro. Inadaptado soy yo, ello es social y lujurioso, pero nadie es mas duro y sensible que mi súper héroe, mi súper yo. El que reprime a ello que quiere salvar al mundo enamorarse y aún así se llama súper héroe porque me protege, eso creo yo, eso me hace creer a mi, a ello no lo engaña ni un poquito, pero siempre cede, no puede, lastimarlo es lastimarme es lastimarnos. Cuando puede… ello le grita represor, fraude, cobarde, falso, y el súper , el yo entra en conflicto, yo lo demuestro, mi héroe no. Y eso lastima porque encierra a ello, como a un comunista durante el fascismo. Lo que no sabe es que ello no es comunista es anarquista y le gusta vivir de fiesta y de ocio. Yo lo sé, ello me lo dijo, procure jamás contarlo porque ningún súper yo como la gente, se permitiría tal desfachatez, ¿un anarco en mi propio cuerpo? yo no soy así, pero nosotros si...