domingo, 14 de septiembre de 2008

De cómo conocí a aquel niño punk…

A mi niño punk, al que me gusta tomar de la mano y mirarle esos ojitos escapistas que, en su bella ternura, no dejan nunca de preguntar. Quiero tu mirada. Te doy la mía, te la entrego, te la expongo. Lo que ves, es simplemente mi rostro

El humo dulce rodeaba nuestros cuerpos, silbaba sin saber hacia donde íbamos. Me encontraba allí, en medio de algo que no me daba cuenta hasta que ya no estaba. Luego, la desesperación, la sensación de falta, de volver el tiempo atrás. Ya no estabas. Por suerte, el alcohol de la festiva diversidad de mercado me ayudo a matar el tiempo.

El fin de la música, la ciudad amanecida y las caras de pánico del vampirismo que no quiere mostrarse daban lugar nuevamente a la falta. A partir de ese momento era esa la sensación que intermitentemente iba a hacer su aparición, volverse carne en un cuerpo que desde niño había olvidado dejar afectarse.

Una imagen en la virtualidad. Aunque efímera, tu presencia ya me llenaba de gracia, el domingo ya no era domingo y la angustiante espera se había transformado en productividad poietica. Momento extraño para ambos: uno haciendo esfuerzos extremos por mutar, por vencer las malditas trabas subjetivas que paralizan; el otro, en pleno duelo, el escudo académico lo estaba dejando, ¿o era él mismo el que sentía que ya era tiempo, que ya no necesitaba ocultarse en la fastamagórica figura de la fortaleza activa? El fabuloso niño superyoico se había dormido un instante. Ya no definía. No debía. No decía. No nombraba. El lenguaje lavado y “claro” daba lugar a la afección. Los devenires se habían carnificado, montados en cada partícula con el único objetivo de exponer la ansiada debilidad. No lo sabía, pero al conocer la experiencia de dejarse penetrar/percibir/conducir ya no volvería a ser el mismo.

Todo parecía ir bien, salvo por la contradictoria sensación de vacío constante ante la aparición de un cuerpo, afecto deleuziano, que se desnudaba como nunca antes lo había hecho. De repente, una voz: “No quiero sexo”. El silencio que siguió pareció interminable, algo había (debia) qué decir. Todo frenó de golpe la incansable búsqueda por reconocerse en un espacio hasta hora inhabitado por ese cuerpo. Los fantasmas regresaron por instantes eternos, la mirada del OTRO se introyectó e invadió hasta difuminar los poiéticos deseos. Los devenires garrapatas dejaban atrás el flujo constante y el dedo modulatorio de la virtualidad que nombra y muestra tocó la cabeza del niño dormido. Nombrar/definir/decir/identificar/clasificar. El niño despertó y volvió a demandar culpa.

1 comentario:

Fabro Tranchida dijo...

Y lo hiciste;
oh ... madurar


(15 minutos con vos)



Fabri,