
A veces me paralizo, se paralizan las palabras y desechas comienzan a gotear letras verdes de mi mano izquierda, caen, un tras otra y rebotan sobre la mesa, o me meten en el la taza de té de jazmín y me salpican el ojo. Cuando mi mano comienza a gotear en un café, en el tren u otros espacios donde hay gente alrededor, me pongo muy nerviosa y con mi derecha intento, infructuosamente, agarrar las letras caídas en el aire y comérmelas rápido, evitando que golpeen a los pasajeros de al lado o se mezclen entre las letras del diario del señor que se sienta en la mesa de enfrente.
El otro día en un restaurante, mi mano comenzó a llorar unas letritas muy pequeñas y rápidas que no me daban tiempo de agarrarlas, se escapaban entre los dedos y yo apurada trataba de tragarlas, pare evitar el escándalo. Las personas a mis costados miraban extrañados. Martín que entiende bastante de estas cosas, porque durante las tardes me sirve té de flores y olores extraños mientras escribo, me grito desde el mostrador y yo me sentí más avergonzada
- "piba ponerte babero que te estas manchando todo de letras cursivas!
Y mientras él reía de mi glotonería discursiva, las cursivas se escapaban de mi boca como tallarines infinitos y me manchaban la ropa, la mesa y la libreta violeta. mi cara roja de vergüenzas y espontaneidades, se ocultaba atrás de la columna para evitar la evidencia.
Por suerte, Martín, que tambien come letras a veces y por eso entiende cuando me pasan esas cosas, me alcanzo un vaso de agua con limón, una servilleta grande y una birome nueva para ordenar las ideas y compartirlas mas tarde.
El señor del diario se tranquilizo después de eso por que esta vez no le salpique ningún discurso, Martín mientras, preparó otro té, esta vez con un poco de menta.

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