Era increíble que existiera en esos días, era increíble que eligiera estar al lado mío. Una fugaz tormenta de verano, refrescante y justa, sobretodo justa, ajustada al tiempo y las coyunturas.
El encuentro fue mucho más que una casualidad, porque fue mucho más que las otras cosas que me pasaron antes, fue un espacio sin tiempo, sin temperaturas.
Primero el restaurante, la comida tibia y mala, las conversaciones protocolares y el agua de limón, no podía evitar detenerme en ella, porque necesitaba un poco de su agua, de su tormenta inmediata y determínate. Hablamos divertido, porque el restaurante la amaba, mientras metía sus pelos dentro del plato y los llenaba de comida sin darse cuenta, después se limpiaba sin timidez y reía de su torpeza. Yo no dejaba de mirarla, aunque siempre supe que era una imagen limitada la que tendría de ella; Aunque siempre supe que nunca llegaría a entender que había atrás de agua que parecía un espejo cristalino donde reflejarme un rato, hasta que misteriosamente perdiera los ojos en esa agua tormentosa e imposible.
Salimos y compartimos un taxi, el primero y quise que la tarde no terminara jamás, afortunadamente o no, la noche fue más linda todavía y el rocío de su agua me toco los ojos y me dejo un poco ciego de sentimentalidad para siempre.
Esa noche dormimos por primera vez en una misma habitación, ella en una cama enorme y yo en un sofá incomodo, pero nunca antes dormí tan pleno, tan seguro y tranquilo cómo esa primera noche. Mientras se dormía la pude ver cómo se desintegraba en su sueño de madrugada templada, observe la forma en la que su piel se mimetizaba con las sábanas y se hacían una, ella y su cama, su cama y ella, flotando, solas y sin mí, volando cerca y zumbándome en el oído. Al final me quede dormido yo también, lejos, pero muy cerca. Me despertó su voz, nombrándome dos o tres veces seguidas
- martín, martín!. Abrí despacio el ojo derecho y levante la ceja,
- buen día- dijo la descarada y yo no sabía si besarla o llorar desesperadamente porque fue ese el segundo en el que me enamore irremediablemente, indispensablemente de toda su extrañeza.
Despertarme para decirme "buen día". Despertarme, sabiendo que ella estaba recibiéndome esa mañana, una de las poquísimas mañanas de nuestras vidas. -Buenos días- dijo, y el día no podría haber sido más maravilloso que ese augurio matutino.
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